5 mar. 2015

inmaculada ⚡ poesía




Poesía | #3 & #4


El camino de la siesta | N. Correa
Los Cueros | E. Schierloh

 Colección de Poesía contemporánea de la Bola editora | mardelplata

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El camino de la siesta | N. Correa
Los Cueros | E. Schierloh


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4 mar. 2015

Daniel Guebel | Padre, seguido de dos obras inconclusas & dos charlas sobre teatro.




 (marzo / abril) 


"Padre. Seguido de dos obras inconclusas & dos charlas sobre teatro"
D. Guebel

Colección Siglo XXI  | Escritos Contemporaneos | #5





Teatro / Ensayo
Formato 18x12
146 páginas
Interior: ahuesado 80 grs.
Tapas: Ilustración 350 grs. laminado
ISBN 978-987-45604-5-2

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Si tengo que elegir un autor para dedicarme a su obra completa, es un asunto graduado entre cierta demora y un instante súbito. En principio, leer un libro y quedar con la necesidad de otro más; luego, acaso con ansia, otro, para después recorrer con fruición la totalidad de su escritura. Espera y repentismo donde se define el acontecimiento en tanto necesidad de escribir y dedicarse al conjunto de su producción. Y en la condición azarosa de ese hallazgo, la razón es simple: un pase de magia. Fue, y es, una experiencia de la intensidad, cuando el primer trabajo que escribí, hacia el 95´, sobre La Perla del Emperador, me dejó esperando ese plus. Fue el proceso de una lectura lenta y silenciosa hasta que me convocan para escribir sobre Los padres de Sherezade, en un libro colectivo sobre Daniel Guebel. Los padres de Sherezade me encandiló. Y a partir de entonces, empiezo a releer desde el primero hasta el último de sus textos para comenzar a detenerme en cierta idea de forma, algo como una instancia previa que toma cuerpo a medida que transita su cauce: la dinámica de la escritura. Así, entre cada uno de sus libros que son distintos y a su vez, se atraen como un imán, me desplazo hacia o entre líneas –briznas- más o menos visibles, que desvían y vuelven a unir en un punto donde opera la repetición y la diferencia. De alguna manera, la forma tiene que ver con el trazo (el eco de un tono, la sonoridad de una voz y la inscripción que supone su captura). Si. Forma, en tanto constelación de signos, estelares, lumínicos, que van surgiendo en el curso de la escritura, entre destellos engañosos como falsas pistas y rastros de la luz tenue, en la inminencia del sentido que se promete al borde de su extinción. En este sentido, Guebel reclama una lectura ambulatoria, la de seguir las huellas que restituyen el (los) sentido/s.
La escritura de Guebel atrapa porque perturba en la imposibilidad de sujetarla a clasificaciones, en el rechazo absoluto de las taxonomías y en la derogación de una noción de verdad esencial. Su textualidad no admite regulaciones ni reglas: más bien las viola. Un autor que destituye los riesgos de las convenciones de buen gusto y corrección,  cuya fijación como norma dependerá (como el uso de los géneros) del contexto histórico. Prosa retobada que juega con la elegancia y el decoro en el movimiento cimbreante del  mal-decir, o del decir-mal. Dicho brevemente; si la firma deja ver a un autor reconocido, es su grafía la que, sin embargo, esquilma y corroe con violencia el certificado de legitimidad extensible a las “bellas letras”. El canon, como sello, legitima inmovilizando, desde afuera de la producción misma. Guebel arma su propio sistema de citas o series onomásticas, de filiación o sintonías. Y allí, atentando sin prejuicios contra los esquemas, cruza a Borges con Lamborghini, a Libertella con Jorge Di Paola.  Entonces, su  poética narrativa se constituye como escritura en el margen, por opción. Y esto porque es su producción, en tanto proceso en movimiento sin clausura, la que rechaza el molde fijo y estandarizado. La textualidad de Guebel  resiste las integraciones módicas,  se la encuentra donde ya no está y por ello tiende a la mirada absorta, al ojo ciego de quien lee, deslumbrado en la reverberación de la grafía. Mirada que se detiene en lo que se sustrae a la mera observación, a la disección analítica, porque leer a Guebel es seguir los rastros de un reflejo, de una constelación. Y esta ceguera, en su deseo de continuar los itinerarios narrados, es contrario al ojo panóptico del que vigila en busca de una totalidad generalizada. Es su modo de escribir que escapa al riesgo improductivo de las convenciones institucionales, porque él establece el territorio de los heterodoxos. Quiero decir; si el canon se constituye en la hagiografía de autores embalsamados en las universidades (discutible) y en el mercado editorial, la textualidad de Guebel se fuga hacia los bordes, en la profanación de la liturgia política (la serie peronista), la literaria y la mística. En su lúcida y deliberada contaminación, su escritura me desacomoda; en principio porque los personajes devienen y mutan, nunca hay identidades ni roles fijos. Entonces, son ellas las que reclaman la libertad del extravío, “fumarolas”, de jade o de iridiscencia pura. Y las historias, que no permiten que el lector/escucha se aleje, desintegran aquellas estructuras que en algún momento se presentaron sólidas. Son, también, los desenlaces que precipitan algo que no se había previsto. Nunca será tranquilizador para quien lee, el hecho de enfrentar un narrador (con su arsenal de máscaras) que maneja como prestidigitador los hilos que conectan y que bifurcan. No solo los caminos que ponen fin en un sitio sino los cruces que vuelven a proponer. Se trata también de los registros de lengua que leo en Guebel, por momentos exquisita y sublime y por otros bizarra, bien baja en lo guarro de la escatología o de los extremos de la sexualidad. Recién hablaba de magia, y eso tiene que ver con el arte de la combinación sutil, tomando como base prima de las historias, la materia misma, los átomos elementales que propician formas siempre nuevas, objetos extrañados en el fulgor de la creación, algo que se ve como si fuera la primera vez.  De ahí en más,  la metamorfosis teje con sus propios hilos, la trama de un hallazgo alquímico. Y la alquimia, protagonista de sus textos, es una de las fuentes del deseo y del exceso. Entonces, la elección de un autor recibe las señales, sin mediación, de la afinidad. En este sentido, el estilo de Guebel (como modo de mirar, escribir y leer), me da la sensación de una máquina arrasante en su absoluta singularidad, eso irreductible que lo hace inimitable en el eco de su trazo: el vestigio de la letra, erosionada en la temporalidad y en el síntoma de su consumación.

del prólogo de Nancy Fernández 


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"Padre"  |  fragmento


« Padre: ¿Hay algo en la televisión, una serie con animales? Estoy muriendo y no quiero escuchar una sola palabra más, nada que me ligue a lo humano. Solo el gruñido de una bestia. El lamento del pingüino al que la foca aplasta cuando se le sienta encima y se lo quiere coger.
Hijo: No doy más.
Padre: Como si alguna vez hubieras dado algo a cambio de todo lo que recibiste.  Educación, alimento, ropa. Mujeres. A tu primera novia, por ejemplo, la desvirgué yo, para dejártela dulce y entrenada. Le enseñé a poner la trompita así… como si se tuviera que tragar una frutillita… La técnica del helado que se derrite.
Hijo: Nunca tuve novia.
Padre: Eh?
Hijo: Soy homosexual, papá.
Padre: ¿En serio? »


el autor/
http://es.wikipedia.org/wiki/Daniel_Guebel 




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